Comunicación Diocesana

LA NAVIDAD EN LOS TIEMPOS DEL MARKETING Y EL CONSUMO

Padre Juan Carlos Rojas Ramos CSB

Se acercan las fechas navideñas, las calles se llenan de luces, estrellas, árboles navideños, pesebres. En muchas casas se sacan con cuidado las piezas del nacimiento y se adorna el hogar con toda clase de motivos navideños. Pocas veces nuestra sociedad adquiere un carácter ornamental tan intenso y festivo. Y sin embargo, ¿qué se encierra tras todos estos símbolos entrañables? ¿Qué leemos actualmente en esos signos?

Las calles se llenan de estrellas, pero, ¿a cuántos les orientan hacia aquel portal de Belén en el que nació el Salvador de la humanidad?

Se colocan árboles de Navidad en las plazas y en los rincones de los hogares, pero, ¿quién se detiene a pensar que ese árbol simboliza a Jesucristo, el Árbol de la Vida, el Mesías que trae nueva savia a la humanidad? ¿Quién recuerda que ese árbol, lleno de luces y regalos, es símbolo de Cristo, portador de luz y gracia para todos nosotros?

Pero, sobre todo, ¿quién se detiene a contemplar con fe el misterio que se encierra en un Belén por modesta que sea su construcción.

En el camino hacia la Navidad, presenciamos el modo como se comercializa unas fiestas tan entrañables. Villancicos nacidos un día para adorar a un Dios cercano, son deformados hoy por la publicidad de la radio y la TV o repetidos hasta la saciedad en comercios y grandes almacenes. Símbolos llenos de ternura sólo sirven para incitar a la compra. Todo se llena de luces que no iluminan el interior de nadie y de estrellas que no guían a ninguna parte.  Se iluminan las ciudades con toda clase de luces y se encienden los cirios navideños en los hogares, pero apenas pocos le recuerdan a Aquel que es la Luz del mundo, el que ha venido a iluminar las tinieblas de nuestra existencia.

En el ambiente flota el recuerdo de un niño nacido en un pesebre. Pero, ¿por qué este niño nacido en la Palestina del Primer siglo y no otro? ¿Es todo una leyenda ingenua? ¿Sólo un pretexto para poner en marcha los mecanismos de la sociedad de consumo? ¿Por qué sigue teniendo la Navidad esa fuerza tan evocadora?

Según algunos, se trata, en buena parte, de un deseo secreto de recuperar la infancia perdida. El hombre moderno está necesitado de ternura y protección. La vida se le hace demasiado dura y despiadada. Es muy fuerte la contradicción entre la realidad penosa de cada día y el deseo de felicidad que habita al ser humano. Por eso, al terminar la Navidad, son bastantes los que sienten el sabor agridulce de una fiesta fallida o inacabada.

Por otra parte, es fácil observar que, tras el derroche, las cenas abundantes y la fiesta, se encierra una fuerte dosis de nostalgia. Se canta la paz, pero no es posible olvidar las guerras y la violencia. Nos deseamos felicidad, pero nadie ignora la crisis y las desgracias. Se hacen gestos de bondad, pero no se puede ocultar la crueldad y la insolidaridad. Nuestros deseos navideños están muy lejos de hacerse realidad.

Sin embargo, una experiencia común aflora estos días en el corazón de muchos: el mundo no es lo que quisiéramos. Creyentes y no creyentes, hombres ilustrados y gentes sencillas, todos parecen percibir que el ser humano está reclamando algo que no es capaz de darse a sí mismo, ni puede encontrarlo en en esta sociedad de consumo.

Tenemos la impresión de que Navidad es la fiesta que mejor puede ser compartida por todos, cualesquiera que sean nuestras convicciones o nuestras dudas, pues, en el fondo, todos captamos que nuestra existencia frágil y desvalida está necesitada de salvación.

Estos días, la liturgia cristiana nos recuerda una frase del evangelista Juan. Nos dice que este niño que nace en Belén es «luz para todo hombre que viene a este mundo» (Jn 1,9), para los que creen y para los que dudan, para los que buscan y para los que no creen necesitarlo. Este Dios «hecho hombre por nuestra salvación» es más grande que todas nuestras dudas o esperanzas, más grande que nuestros gritos y ofensas. Es Dios. Es  el Amor infinito a la Humanidad. Él es nuestra salvación.

¿Dónde está este niño? ¿Cómo lo podemos reconocer? Así dice el mensajero: «Aquí tienen la señal: encontrarán a un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre» (Lc. 2,12)El niño ha nacido como un excluido. Sus padres no le han podido encontrar un lugar mas acogedor. Su madre lo ha dado a luz sin ayuda de nadie. Ella misma se ha valido, como ha podido, para envolverlo en pañales y acostarlo en un pesebre.

En este pesebre comienza Dios su aventura entre los hombres. No lo encontraremos en los poderosos sino en los débiles. No está en lo grande y espectacular sino en lo pobre y pequeño. Hemos de escuchar el mensaje: vayamos al Belén de nuestro corazones; volvamos a las raíces de nuestra fe. Busquemos a Dios donde se ha encarnado.

Por eso, tal vez, la manera más auténtica de vivir nosotros la Navidad sea empezar por pedir a Dios esa sencillez y simplicidad de corazón que sabe descubrir en el fondo de estas fiestas a un Dios entrañable y cercano.

 

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