Comunicación Diocesana

VISITACIÓN DE NUESTRA SEÑORA A SU PRIMA ISABEL Y EL ENCUENTRO DE DOS TESTAMENTOS

Padre Juan Carlos Rojas CSB

El evangelista Lucas ambienta su narración en el ambiente de los anawîm, los pobres del Señor, es decir, aquéllos que acogen con gusto a la voluntad de Dios, firmes en la fe, que el Señor les dará la salvación en el tiempo oportuno. A los anawîm el Señor promete enviar el Mesías “enviado a llevar la buena nueva a los abatidos, a curar las llagas de los corazones destrozados, a proclamar la libertad de los cautivos, y la liberación a los encarcelados, a promulgar el año de gracia del Señor, y un día de justicia para nuestro Dios, para consolar a todos los tristes, para alegrar a los afligidos de Sion...” El Mesías es humilde y dulce, su boca pronuncia “palabras de gracia” por esto para acogerlo se necesita prepararse, entrar en sí mismo, para acoger al prometido de Israel. Por eso el Señor exhorta por medio del profeta: “Busquen al Señor los humildes de la tierra, que practican su ley; busquen la justicia y la mansedumbre”

En este contexto es como podemos mirar la visita que hace Maria a su prima Isabel. María deja Nazaret, situada al norte de la Palestina, para dirigirse al sur, a una localidad un poco lejana de Jerusalén. El moverse físico muestra la sensibilidad interior de María, que es lanzada sobre el sendero de la caridad. Ella se mueve para llevar ayuda a su anciana prima. María va a donde le llama la urgencia de una ayuda, demostrando, así, su sensibilidad y disponibilidad. Junto con María, llevado en su seno, Jesús se mueve con la Madre.

Apenas María entra en casa y saluda a Isabel, el pequeño Juan da un salto. Según algunos el salto no es comparable con el acomodarse del feto, experimentado por las mujeres que están encinta. Lucas usa un verbo griego particular que significa propiamente “saltar”, pero también puede se le puede traducir por “danzar”. Algunos piensan que esta “danza”, se pudiera considerar como una especie de “homenaje” que Juan rinde a Jesús, inaugurando aquel comportamiento de respeto y de alegría que caracterizará toda su vida: “Después de mí viene uno que es más fuerte que yo y al cuál no soy digno de desatar las correas de sus sandalias”. San Lucas, con estos detalles particulares, ha querido evocar el prodigio verificado en la intimidad de Nazaret. Sólo ahora, gracias al diálogo con una interlocutora, el misterio de la divina maternidad deja su secreto y su dimensión individual, para llegar a convertirse en un hecho conocido, objeto de aprecio y de alabanza.

En el encuentro de estas dos damas; una anciana y la otra joven; nos revelan el encuentro del Antiguo y el Nuevo Testamento en un ambiente de sencillez y alegría. Sin disputas, sin comparaciones, sin conflictos sino en el arte femenino de brindar ternura, amor y vida a esta existencia en la que Dios quiere llevarla hacia la salvación y la plenitud.

Las palabras de Isabel “¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! Expresa la aceptación de María a la voluntad divina. María no es sólo la destinataria de una diseño arcano que la hace bendita, sino también sabe aceptar y adherirse a la voluntad de Dios. María es una hija del pueblo que cree, porque ha confiado de una palabra desnuda y que ella la ha revestido con un “sí”de amor. Ahora Isabel le reconoce este servicio de amor, identificándola “bendita como madre y dichosa como creyente”.

El Magnificat es un salmo de amor: En este canto María se considera parte de los anawim, de los “pobres de Dios”, de aquéllos que ”temen a Dios”, poniendo en Él toda su confianza y esperanza y que en el plano humano no gozan de ningún derecho o prestigio. Los pobres, en el sentido estrictamente bíblico, son aquéllos que ponen en Dios una confianza incondicional; por esto han de ser considerados como la parte mejor del pueblo de Israel. Los orgullosos, por el contrario, son los que ponen toda su confianza en sí mismos. Ahora, según el Magnificat, los pobres tienen muchísimos motivos para alegrarse, porque Dios glorifica a los anawim y despacha a los orgullosos. En definitiva María celebra todo lo que Dios ha obrado en ella y cuanto obra en el creyente. Gozo y gratitud caracterizan este himno de salvación, que reconoce grande a Dios, pero que también hace grande a quien lo canta.

 María proclama al Dios «Poderoso» porque «su misericordia llega a sus fieles de generación en generación». Dios pone su poder al servicio de la compasión. Su misericordia acompaña a todas las generaciones. Lo mismo predica Jesús: Dios es misericordioso con todos. Por eso dice a sus discípulos de todos los tiempos: «sean misericordiosos como su Padre es misericordioso». Desde su corazón de madre, María capta como nadie la ternura de Dios Padre y Madre, y nos introduce en el núcleo del mensaje de Jesús: Dios es amor misericordioso.

María proclama también al Dios de los pobres porque «derriba del trono a los poderosos» y los deja sin poder para seguir oprimiendo; por el contrario, «enaltece a los humildes» para que recobren su dignidad. A los ricos les reclama lo robado a los pobres y «los despide vacíos»; por el contrario, a los hambrientos «los colma de bienes» para que disfruten de una vida más humana. Lo mismo gritaba Jesús: «los últimos serán los primeros». María nos lleva a acoger la Buena Noticia de Jesús: Dios es de los pobres.

María nos enseña como nadie a seguir a Jesús, anunciando al Dios de la compasión, trabajando por un mundo más fraterno y confiando en el Padre de los pequeños.

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