Comunicación Diocesana

Como educar a tu hijo ...Padre Beto CSB

“Un hijo es como una estrella a lo largo del camino, una palabra muy breve, que tiene un eco infinito. Un hijo es una pregunta que le hacemos al destino”. José María Pernán. 

Quizá sea la forma en la que venimos al mundo, a nivel físico, la que algunos haya podido inducirnos a la confusión de que el bebé es como un trozo de nuestra carne, o una parte de nuestro ser, ahora plasmada en el exterior. Si bien esto tiene mucho de cierto en lo que concierne al cuerpo físico, no lo es en absoluto en lo que respecta al ser que viene a incorporarse en ese vehículo. El cuerpo material es en realidad el substrato final de todo un prodigioso proceso en el e que se encarna un ser cuyo origen o procedencia es de índole espiritual y que lleva en sí mismo incorporada toda la historia de lo que ha sido hasta el momento su trayectoria, su recorrido individual como ser en permanente evolución. Esto quiere decir que, para empezar, no es un cuerpo lo que recibimos con tanta alegría en nuestros brazos, sino “alguien” con una historia con u pasado, y con una evolución concreta, que vuelve dispuesto a dar un nuevo impulso a su existencia, guiando su destino para que le permita vivir nuevas experiencias a través de las cuas poder seguir evolucionando.

La espera de ese nuevo sr, con una conciencia semejante, es algo que quede conmovernos muy profundamente. Desde el otro lado de las estrellas, “alguien” nos ha elegido y se dirige hacia nosotros. 

Ese bebé que duerme ahora plácidamente en su cuna es verdaderamente una semilla de sí mismo. Así como la semilla de una rosa contiene como germen, aún invisible, a toda la rosa, en el niño se hayan concentradas todas las capacidades, todas las potencialidades de lo que constituye su individualidad, pero también toda la aberración que haya podido ir acumulando en su fluir a lo largo del tiempo, o dicho de otro modo, el polvo, la suciedad, las ampollas y las desarmonías de las que ha ido haciendo acopio a lo largo de su viaje. Estamos ante alguien único en el mundo, y por tanto diferente a todos los demás. Lógicamente, esta consciencia nos ayudará a no aplicar “recetas” indiscriminadamente, sino a tener muy en cuenta la individualidad que ante nosotros se presenta. Del mismo modo, esto debería llevarnos a un profundo respeto hacia esa vida que ahora se despliega, evitando, no sólo ese tremendo error de considera al niño como algo de nuestra propiedad, con el que podemos hacer “lo que nos venga en gana” (como dicen frecuentemente muchos padres a quienes se les increpa por malos tratos) sino, como consecuencia, de él aún más grave, de tratar de educarlo a nuestra imagen y semejanza; es decir, inculcando en él nuestra manera de pensar y sentir, diciendo por él lo que le conviene o no, y que debe ser o hacer en la vida.

Muchas veces utilizamos al niño para que realice aquellas cosas que nosotros no pudimos llevar a cabo: ser pianista o abogado de prestigio, etc. Esto no es educar; esto es sencillamente torturar, aniquilar la voluntad ajena, ya que actuado así no respetamos la libertad de nuestros hijos, sino que los consideramos más bien un apéndice de nosotros mismo, exigiéndoles que resuelvan nuestras asignaturas pendientes. Recordemos que educar es guiarles, no hacia nosotros, sino hacia ellos mismos.

Padre Roberto Rojas CSB

 

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