Comunicación Diocesana

Padre Juan Carlos Rojas CSB

El 26 de julio la Iglesia Universal conmemora a los abuelos de Jesús, padres de Nuestra Señora la Virgen María; San Joaquín y Santa Ana. 

San Joaquín (Cuyo nombre significa Yahvé prepara) fue el padre de la Virgen María. La tradición, basándose en testimonios muy antiguos, saludó a los santos esposos Joaquín y Ana como padre y madre de la Madre de Dios.
Esta tradición parece tener su fundamento en el llamado Protoevangelio de Santiago, en el Evangelio de la Natividad de Santa María y el Pseudomateo o Libro de la Natividad de Santa María la Virgen y de la infancia del Salvador. El Evangelio de Santiago describe, cómo, en su edad avanzada, Joaquín y Ana hallaron respuesta a sus oraciones en favor de tener descendencia.

Santa Ana (del hebreo Hannah, significa gracia) es el nombre que la tradición ha señalado para la madre de la Virgen. Las fuentes son las mismas que en el caso de San Joaquín.
En Oriente, el Protoevangelio de Santiago gozó de gran autoridad y de él se leían pasajes en las fiestas marianas entre los griegos, los coptos y los árabes.

El Protoevangelio aporta la siguiente relación: En Nazaret vivía una pareja muy piadosa, Joaquín y Ana. No tenían hijos. Cuando con ocasión de cierto día festivo Joaquín se presentó a ofrecer un sacrificio en el templo, fue arrojado de él por un tal Rubén, porque  según su parecer, los varones sin descendencia eran indignos de ser admitidos.
Joaquín entonces, lleno de dolor, no regresó a su casa, sino que se dirigió a las montañas para manifestar su sentimiento a Dios en soledad. También Ana, puesta ya al tanto de la prolongada ausencia de su marido, dirigió súplicas a Dios para que le levantara la condición de la esterilidad, prometiendo dedicar el hijo a su servicio.

Sus plegarias fueron oídas; un ángel se presentó ante Ana y le dijo: "Ana, el Señor ha visto tus lágrimas; concebirás y darás a luz, y el fruto de tu seno será bendecido por todo el mundo". El ángel hizo la misma promesa a Joaquín, que volvió al lado de su esposa. Ana dio a luz una hija, a la que llamó Miriam.

Dado que esta narración parece reproducir el relato bíblico de la concepción del profeta Samuel, cuya madre también se llamaba Hannah, la sombra de la duda se proyecta hasta en el nombre de la madre de María.

Ana y Joaquín, esposos y judíos justos, representan una época crucial de la historia de la salvación, momentos en los cuales estaba por ser cumplida la promesa de Dios a Abraham y la humanidad estaba lista para recibir la respuesta esperada por los justos del Antiguo Testamento, que esperaban la consolación de Israel.

Ana y Joaquín pertenecían al grupo de aquellos judíos piadosos que esperaban el consuelo de Israel, y precisamente a ellos les fue dada una tarea especial en la historia de la salvación: fueron escogidos por Dios, para generar a la Inmaculada que, a su vez, es llamada a concebir al Hijo de Dios.

Por qué celebrar la conmemoración de los abuelos de Jesús en la actualidad? El Magisterio de la Iglesia insiste en la importancia de respetar y valorar a nuestros abuelos y adultos mayores. En la exhortación apóstolica “La alegría del Amor” El Papa Francisco hace un llamado a despertar el sentido colectivo de gratitud, de aprecio, de hospitalidad hacia los ancianos y hacerlos sentir parte viva de sus comunidades. 

“Los ancianos ayudan a percibir «la continuidad de las generaciones», con «el carisma de servir de puente». Muchas veces son los abuelos quienes aseguran la transmisión de los grandes valores a sus nietos, y «muchas personas pueden reconocer que deben precisamente a sus abuelos la iniciación a la vida cristiana». Sus palabras, sus caricias o su sola presencia, ayudan a los niños a reconocer que la historia no comienza con ellos, que son herederos de un viejo camino y que es necesario respetar el trasfondo que nos antecede. Quienes rompen lazos con la historia tendrán dificultades para tejer relaciones estables y para reconocer que no son los dueños de la realidad. Entonces, «la atención a los ancianos habla de la calidad de una civilización. ¿Se presta atención al anciano en una civilización? ¿Hay sitio para el anciano? Esta civilización seguirá adelante si sabe respetar la sabiduría, la sabiduría de los ancianos»

Las figuras de san Joaquín y santa Ana nos ayudan a valorar a nuestros abuelos y adultos mayores, superar cualquier actitud de olvido o desprecio hacia ellos y estar atentos a su clamor; que representa también el clamor de los pobres.  Los ancianos son hombres y mujeres, padres y madres que estuvieron antes que nosotros en el mismo camino, en nuestra misma casa, en nuestra diaria batalla por una vida digna»

«No me rechaces ahora en la vejez, me van faltando las fuerzas, no me abandones» 

(Sal 71,9).

San Joaquin y santa Ana, rueguen por nosotros

Padre Juan Carlos Rojas CSB

El evangelista Lucas ambienta su narración en el ambiente de los anawîm, los pobres del Señor, es decir, aquéllos que acogen con gusto a la voluntad de Dios, firmes en la fe, que el Señor les dará la salvación en el tiempo oportuno. A los anawîm el Señor promete enviar el Mesías “enviado a llevar la buena nueva a los abatidos, a curar las llagas de los corazones destrozados, a proclamar la libertad de los cautivos, y la liberación a los encarcelados, a promulgar el año de gracia del Señor, y un día de justicia para nuestro Dios, para consolar a todos los tristes, para alegrar a los afligidos de Sion...” El Mesías es humilde y dulce, su boca pronuncia “palabras de gracia” por esto para acogerlo se necesita prepararse, entrar en sí mismo, para acoger al prometido de Israel. Por eso el Señor exhorta por medio del profeta: “Busquen al Señor los humildes de la tierra, que practican su ley; busquen la justicia y la mansedumbre”

En este contexto es como podemos mirar la visita que hace Maria a su prima Isabel. María deja Nazaret, situada al norte de la Palestina, para dirigirse al sur, a una localidad un poco lejana de Jerusalén. El moverse físico muestra la sensibilidad interior de María, que es lanzada sobre el sendero de la caridad. Ella se mueve para llevar ayuda a su anciana prima. María va a donde le llama la urgencia de una ayuda, demostrando, así, su sensibilidad y disponibilidad. Junto con María, llevado en su seno, Jesús se mueve con la Madre.

Apenas María entra en casa y saluda a Isabel, el pequeño Juan da un salto. Según algunos el salto no es comparable con el acomodarse del feto, experimentado por las mujeres que están encinta. Lucas usa un verbo griego particular que significa propiamente “saltar”, pero también puede se le puede traducir por “danzar”. Algunos piensan que esta “danza”, se pudiera considerar como una especie de “homenaje” que Juan rinde a Jesús, inaugurando aquel comportamiento de respeto y de alegría que caracterizará toda su vida: “Después de mí viene uno que es más fuerte que yo y al cuál no soy digno de desatar las correas de sus sandalias”. San Lucas, con estos detalles particulares, ha querido evocar el prodigio verificado en la intimidad de Nazaret. Sólo ahora, gracias al diálogo con una interlocutora, el misterio de la divina maternidad deja su secreto y su dimensión individual, para llegar a convertirse en un hecho conocido, objeto de aprecio y de alabanza.

En el encuentro de estas dos damas; una anciana y la otra joven; nos revelan el encuentro del Antiguo y el Nuevo Testamento en un ambiente de sencillez y alegría. Sin disputas, sin comparaciones, sin conflictos sino en el arte femenino de brindar ternura, amor y vida a esta existencia en la que Dios quiere llevarla hacia la salvación y la plenitud.

Las palabras de Isabel “¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! Expresa la aceptación de María a la voluntad divina. María no es sólo la destinataria de una diseño arcano que la hace bendita, sino también sabe aceptar y adherirse a la voluntad de Dios. María es una hija del pueblo que cree, porque ha confiado de una palabra desnuda y que ella la ha revestido con un “sí”de amor. Ahora Isabel le reconoce este servicio de amor, identificándola “bendita como madre y dichosa como creyente”.

El Magnificat es un salmo de amor: En este canto María se considera parte de los anawim, de los “pobres de Dios”, de aquéllos que ”temen a Dios”, poniendo en Él toda su confianza y esperanza y que en el plano humano no gozan de ningún derecho o prestigio. Los pobres, en el sentido estrictamente bíblico, son aquéllos que ponen en Dios una confianza incondicional; por esto han de ser considerados como la parte mejor del pueblo de Israel. Los orgullosos, por el contrario, son los que ponen toda su confianza en sí mismos. Ahora, según el Magnificat, los pobres tienen muchísimos motivos para alegrarse, porque Dios glorifica a los anawim y despacha a los orgullosos. En definitiva María celebra todo lo que Dios ha obrado en ella y cuanto obra en el creyente. Gozo y gratitud caracterizan este himno de salvación, que reconoce grande a Dios, pero que también hace grande a quien lo canta.

 María proclama al Dios «Poderoso» porque «su misericordia llega a sus fieles de generación en generación». Dios pone su poder al servicio de la compasión. Su misericordia acompaña a todas las generaciones. Lo mismo predica Jesús: Dios es misericordioso con todos. Por eso dice a sus discípulos de todos los tiempos: «sean misericordiosos como su Padre es misericordioso». Desde su corazón de madre, María capta como nadie la ternura de Dios Padre y Madre, y nos introduce en el núcleo del mensaje de Jesús: Dios es amor misericordioso.

María proclama también al Dios de los pobres porque «derriba del trono a los poderosos» y los deja sin poder para seguir oprimiendo; por el contrario, «enaltece a los humildes» para que recobren su dignidad. A los ricos les reclama lo robado a los pobres y «los despide vacíos»; por el contrario, a los hambrientos «los colma de bienes» para que disfruten de una vida más humana. Lo mismo gritaba Jesús: «los últimos serán los primeros». María nos lleva a acoger la Buena Noticia de Jesús: Dios es de los pobres.

María nos enseña como nadie a seguir a Jesús, anunciando al Dios de la compasión, trabajando por un mundo más fraterno y confiando en el Padre de los pequeños.

Cada vez que llega el tiempo de cuaresma se nos invita a practicar el ayuno, la oración, la penitencia y la limosna. Muchas personas hemos entendido que dar limosna es depositar alguna moneda en la canasta que pasan en misa y tristemente damos la moneda mas pequeña e incluso hemos llegado a pensar que dar limosna también es dar alguna moneda a las personas que están en la puerta de la Iglesia.

La palabra griega «eleemosyne» proviene de «éleos», que quiere decir compasión y misericordia. Cuando el Señor Jesús habla de limosna, lo hace siempre en el sentido de ayudar a quien tiene necesidad, de compartir los propios bienes con los necesitados. El término «limosna», nos apremia como acto bueno, como expresión de amor al prójimo y como acto salvífico.

En la Sagrada Escritura y según las categorías evangélicas, «limosna» significa don interior, la actitud de apertura «hacia el otro». Precisamente tal actitud es un factor indispensable de la «metanoia», esto es decir conversión, así como son también indispensables la oración y el ayuno. El Evangelio traza claramente este cuadro cuando nos habla de la penitencia.

El significado esencial que tiene la «limosna» es que es medio para nuestra conversión a Dios y para toda la vida cristiana, debemos evitar a toda costa todo lo que falsifica el sentido de la limosna.

En definitiva, dar limosna no es un acto de dar sobras por cumplimiento cuaresmal si no la oportunidad de crecer en la justicia y en el camino de conversión. Limosna es el acto sublime de generosidad.

Padre Sixto Reyes 

“Un hijo es como una estrella a lo largo del camino, una palabra muy breve, que tiene un eco infinito. Un hijo es una pregunta que le hacemos al destino”. José María Pernán. 

Quizá sea la forma en la que venimos al mundo, a nivel físico, la que algunos haya podido inducirnos a la confusión de que el bebé es como un trozo de nuestra carne, o una parte de nuestro ser, ahora plasmada en el exterior. Si bien esto tiene mucho de cierto en lo que concierne al cuerpo físico, no lo es en absoluto en lo que respecta al ser que viene a incorporarse en ese vehículo. El cuerpo material es en realidad el substrato final de todo un prodigioso proceso en el e que se encarna un ser cuyo origen o procedencia es de índole espiritual y que lleva en sí mismo incorporada toda la historia de lo que ha sido hasta el momento su trayectoria, su recorrido individual como ser en permanente evolución. Esto quiere decir que, para empezar, no es un cuerpo lo que recibimos con tanta alegría en nuestros brazos, sino “alguien” con una historia con u pasado, y con una evolución concreta, que vuelve dispuesto a dar un nuevo impulso a su existencia, guiando su destino para que le permita vivir nuevas experiencias a través de las cuas poder seguir evolucionando.

La espera de ese nuevo sr, con una conciencia semejante, es algo que quede conmovernos muy profundamente. Desde el otro lado de las estrellas, “alguien” nos ha elegido y se dirige hacia nosotros. 

Ese bebé que duerme ahora plácidamente en su cuna es verdaderamente una semilla de sí mismo. Así como la semilla de una rosa contiene como germen, aún invisible, a toda la rosa, en el niño se hayan concentradas todas las capacidades, todas las potencialidades de lo que constituye su individualidad, pero también toda la aberración que haya podido ir acumulando en su fluir a lo largo del tiempo, o dicho de otro modo, el polvo, la suciedad, las ampollas y las desarmonías de las que ha ido haciendo acopio a lo largo de su viaje. Estamos ante alguien único en el mundo, y por tanto diferente a todos los demás. Lógicamente, esta consciencia nos ayudará a no aplicar “recetas” indiscriminadamente, sino a tener muy en cuenta la individualidad que ante nosotros se presenta. Del mismo modo, esto debería llevarnos a un profundo respeto hacia esa vida que ahora se despliega, evitando, no sólo ese tremendo error de considera al niño como algo de nuestra propiedad, con el que podemos hacer “lo que nos venga en gana” (como dicen frecuentemente muchos padres a quienes se les increpa por malos tratos) sino, como consecuencia, de él aún más grave, de tratar de educarlo a nuestra imagen y semejanza; es decir, inculcando en él nuestra manera de pensar y sentir, diciendo por él lo que le conviene o no, y que debe ser o hacer en la vida.

Muchas veces utilizamos al niño para que realice aquellas cosas que nosotros no pudimos llevar a cabo: ser pianista o abogado de prestigio, etc. Esto no es educar; esto es sencillamente torturar, aniquilar la voluntad ajena, ya que actuado así no respetamos la libertad de nuestros hijos, sino que los consideramos más bien un apéndice de nosotros mismo, exigiéndoles que resuelvan nuestras asignaturas pendientes. Recordemos que educar es guiarles, no hacia nosotros, sino hacia ellos mismos.

Padre Roberto Rojas CSB

 

En el conjunto de ministerios y servicios, con los que la diócesis realiza su misión evangelizadora, ocupa un lugar destacado el ministerio de la catequesis. En el cabe señalar los rasgos siguientes:

a) Es un servicio único, realizado de modo conjunto por presbíteros, diáconos, religiosos y laicos, en comunión con el obispo. Toda la comunidad cristiana debe sentirse responsable de este servicio. A través de ellos, en la diversidad de sus funciones, el ministerio catequético ofrece de modo pleno la palabra y el testimonio completo de la realidad eclesial.

b) Es un servicio de la Iglesia que es indispensable para su crecimiento. No es una acción que pueda realizarse en la comunidad a título privado o por iniciativa puramente personal.

c) Tiene un carácter propio, que deriva de lo propio de la acción catequética dentro del proceso de la evangelización.

d) Para que sea fructífero, necesita contar con otros agentes, no necesariamente catequistas directos, que apoyen y respalden la actividad catequética realizando tareas que son imprescindibles, como: la formación de catequistas, la elaboración de materiales, la reflexión, la organización y planificación.

 

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